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miércoles, 4 de noviembre de 2026

La aplastante y merecida derrota de Trump

Donald Trump no aparecía en ninguna boleta electoral. Sin embargo, estaba en todas. Su nombre no figuraba entre los candidatos, pero su figura, sus decisiones y su manera de ejercer el poder estuvieron presentes en una elección que terminó convirtiéndose en un severo revés para el Partido Republicano. Los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso y conquistaron posiciones en territorios históricamente conservadores, en una jornada cuyo alcance político difícilmente puede separarse de quien ocupa la Casa Blanca.

 

Para comprender la dimensión histórica del resultado hay que retroceder a 1994, cuando los demócratas del entonces presidente Bill Clinton perdieron 54 escaños en la Cámara de Representantes y diez en el Senado, entregando a los republicanos el control del Congreso. En 2006 ocurrió algo semejante, esta vez contra los republicanos de George W. Bush. La diferencia ahora está en la extensión territorial de los cambios y en la caída de posiciones que durante décadas parecían inaccesibles para los demócratas. Todavía habrá que esperar el balance definitivo de escaños para establecer comparaciones numéricas, pero la pérdida simultánea de ambas cámaras representa un golpe de considerable magnitud para el partido que controla la presidencia.

 

Texas constituye el ejemplo más extraordinario. El demócrata James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton en la contienda senatorial y, con el 72 % del voto esperado contabilizado, obtenía el 58.4 % frente al 39.9 % de su adversario, una diferencia provisional de 18.5 puntos porcentuales. No fue una victoria estrecha, sino un resultado de enormes proporciones en uno de los principales bastiones republicanos. A ello se sumó la derrota del gobernador Greg Abbott frente a la demócrata Gina Hinojosa. Texas, que llevaba décadas sin elegir un senador demócrata y más de treinta años bajo gobernaciones republicanas, terminó ofreciendo dos de las noticias más significativas de la jornada.

 

La sacudida alcanzó otros territorios tradicionalmente conservadores. En Carolina del Norte, Roy Cooper registraba un 58.7 % frente al republicano Michael Whatley; en Kansas, Adam Hamilton alcanzaba el 51.3 % y derrotaba a Roger Marshall; en Iowa, Josh Turek obtenía el 50.6 % y arrebataba otro escaño a los republicanos. En Ohio, Sherrod Brown recuperó una posición senatorial con el 48.7 % en un corte avanzado del escrutinio, mientras Carolina del Sur eligió a Annie Andrews y Maine a Troy Jackson, quien derrotó a Susan Collins. A ello se sumaron las victorias demócratas en Georgia, donde Jon Ossoff registraba aproximadamente el 58.9 %, y Nuevo Hampshire, donde Chris Pappas alcanzaba el 56.3 %. Son porcentajes provisionales, pero permiten apreciar la amplitud geográfica del resultado. No todas las victorias fueron aplastantes individualmente; lo extraordinario fue su acumulación y la pérdida republicana de ambas cámaras.

 

Florida, sin embargo, merece una reflexión particular. Allí los republicanos conservaron posiciones importantes, incluida la victoria senatorial de Ashley Moody y la gobernación conquistada por Byron Donalds. El estado alberga numerosas comunidades de origen cubano, venezolano y de otros países latinoamericanos, entre las cuales existen sectores de fuerte identificación republicana. Resulta irónico que, mientras Trump endurece sus políticas migratorias y convierte al inmigrante en objeto recurrente de confrontación política, determinados grupos de origen inmigrante continúen respaldándolo. No todos los cubanos ni todos los venezolanos piensan igual, naturalmente, pero quienes apoyan medidas capaces de perjudicar a sus propias comunidades deberían preguntarse si han aprendido a identificar a sus verdaderos verdugos políticos. Haber llegado a Estados Unidos buscando oportunidades y libertades para terminar respaldando políticas que pueden restringirlas constituye una contradicción que merece examinarse.

 

Pero tan reveladores como los resultados fueron los mensajes publicados por Trump en Truth Social. En lugar de reconocer públicamente el revés electoral y agradecer a los estadounidenses su participación, emprendió una sucesión de ataques contra medios de comunicación, adversarios y dirigentes de su propio partido. Responsabilizó a Fox News por las derrotas, acusándola de ofrecer demasiado espacio a los demócratas; descalificó al exalcalde neoyorquino Bill de Blasio y arremetió contra Greg Abbott, a quien atribuyó su derrota en Texas por haberse convertido, según él, en un republicano desleal. Hasta aseguró que, de haber aparecido personalmente en las boletas, habría ganado por una mayoría aplastante. Precisamente él, cuya presencia política había atravesado toda la elección.

Trump exige lealtad absoluta, pero sus publicaciones permiten observar qué ocurre cuando uno de los suyos pierde. El presidente se presenta como el infalible, el elegido, el hombre que siempre tiene la razón, mientras los demás parecen convertirse en mierda cuando dejan de serle útiles. Reclama los méritos de las victorias y busca responsables ajenos cuando llegan las derrotas. Quiere colaboradores dispuestos a defenderlo incondicionalmente, pero no demuestra igual disposición a defenderlos cuando atraviesan dificultades. Eso, en mi opinión, no es liderazgo: es cobardía política. Porque también hace falta valor para reconocer una equivocación, asumir responsabilidades y aceptar que el electorado puede rechazar una determinada manera de gobernar. Su concepto de lealtad parece reducirse a un círculo extraordinariamente estrecho: él mismo y su familia.

 

En medio de aquella sucesiĂłn de publicaciones apareciĂł una gorra roja con una sola palabra escrita en letras blancas: «VETO». Trump no acompañó la imagen con ninguna explicaciĂłn, pero su apariciĂłn despuĂ©s del revĂ©s republicano permite una lectura polĂ­tica inevitable. El presidente conserva la facultad constitucional de vetar leyes aprobadas por el Congreso, aunque eso no significa que pueda gobernar sin controles. La gorra puede expresar desafĂ­o; lo que no puede hacer es devolverle a su partido los escaños perdidos ni borrar la decisiĂłn de millones de electores.

 

Los aranceles, el costo de la vida, la política migratoria, las tensiones internacionales y la confrontación permanente con adversarios e instituciones formaron parte del escenario político de estas elecciones. Determinar cuánto pesó cada factor requerirá examinar los datos electorales con detenimiento, pero resulta difícil sostener que la figura presidencial estuvo ausente del juicio de los votantes. Trump no era candidato al Senado en Texas, Kansas o Iowa, ni aspiraba a una gobernación o a un escaño de la Cámara de Representantes. Sin embargo, su administración ocupó un lugar central en el debate nacional y sus decisiones estuvieron sometidas al escrutinio ciudadano.

 

A partir de enero, el presidente tendrá que relacionarse con un Congreso controlado por los demócratas, con facultades para investigar su administración, exigir documentos, fiscalizar recursos públicos y bloquear iniciativas legislativas. El Senado podrá ejercer un control decisivo sobre nombramientos presidenciales, mientras la Cámara de Representantes dispondrá de instrumentos de supervisión que hasta ahora permanecían en manos republicanas. Trump continuará ejerciendo la presidencia, pero encontrará contrapesos institucionales que pueden modificar sustancialmente la relación entre la Casa Blanca y el poder legislativo. Ese cambio también tendrá repercusiones internacionales, particularmente en asuntos comerciales, migratorios y diplomáticos.

 

Los ciudadanos que votaron republicano merecen el mismo respeto que quienes respaldaron a los demócratas. Una derrota electoral no convierte a millones de personas en responsables de los excesos de un dirigente. La crítica más severa corresponde a quien pretende apropiarse de las victorias y desentenderse de las derrotas, especialmente cuando ocupa la máxima responsabilidad política del país. Trump no aparecía en ninguna boleta, pero estaba en todas. Y aunque otros nombres figuraran impresos en las papeletas, su liderazgo fue uno de los asuntos centrales sometidos al juicio de los estadounidenses.

 

Lo verdaderamente vergonzoso no es perder unas elecciones, porque eso forma parte de la democracia. Es responder al pronunciamiento ciudadano con reproches, descalificaciones y una aparente incapacidad para reconocer la propia responsabilidad. Donald Trump seguirá siendo presidente, pero las urnas han modificado el equilibrio del poder y le han recordado una verdad que ningún gobernante debería olvidar: Estados Unidos tiene un presidente, no un dueño.

 

Por: Bienvenido Checo;-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 

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