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jueves, 24 de septiembre de 2026

Danilo Medina: el ego que devoró la obra de Bosch.

Hay que remontarse al 15 de diciembre de 1973 para comprender la dimensión de lo que se ha perdido. Juan Bosch no fundó el Partido de la Liberación Dominicana para fabricar candidaturas cada cuatro años ni para convertirlo en una agencia de colocación de funcionarios. Lo concibió como una organización política sustentada en disciplina, principios, formación y vocación de servicio. Así lo cuenta todavía la propia historia oficial del PLD. La formación política llegó a ser obligatoria mediante aquellos famosos Círculos de Estudios, porque Bosch entendía que un partido que pretendiera transformar una sociedad debía comenzar formando a sus propios militantes. Medio siglo después, contemplar el estado de esa organización obliga a formular una pregunta incómoda: ¿cómo se pudo dilapidar semejante patrimonio político?.

Mi respuesta tiene un nombre: Danilo Medina. Y no porque Medina haya sido un extraño que llegó desde fuera para destruir lo que desconocía. Precisamente ahí radica lo imperdonable. Se formó dentro de aquella organización, conoció su historia, ascendió gracias a ella y alcanzó dos veces la Presidencia de la República bajo su bandera. Sabía perfectamente lo que representaba el PLD y sabía que aquello no pertenecía a Danilo, a Leonel, a Gonzalo ni a ningún otro dirigente circunstancial. Bosch incluso abandonó sus posiciones ejecutivas en 1994. El fundador supo apartarse; quienes heredaron su obra tenían, por lo menos, la obligación histórica de comprender que ningún hombre podía ser más importante que el partido.

Y aquí aparece lo que considero el pecado político capital de Danilo Medina: el ego. Un ego tan descomunal que terminó haciendo parecer secundaria la supervivencia de la organización frente a la necesidad de conservar su control. Podrán construirse todas las explicaciones, justificaciones y relatos posteriores que se quieran sobre la crisis peledeísta; podrán distribuir responsabilidades entre Leonel Fernández, Danilo Medina y cuantos participaron en aquella guerra interna. Lo que no puede borrarse es el resultado: una organización que había gobernado veinte de los veinticuatro años comprendidos entre 1996 y 2020 terminó fracturada, fuera del poder y sometida a una pérdida brutal de fuerza electoral. Eso no ocurrió en un partido cualquiera: ocurrió en la organización que durante décadas se presentó como la criatura política más acabada de Juan Bosch.

Hay algo miserablemente egocéntrico en la idea de que una estructura levantada durante generaciones pueda terminar subordinada a la voluntad de una persona o de un grupo. Miles de peledeístas anónimos pegaron afiches, vendieron Vanguardia del Pueblo, asistieron a círculos de estudios, organizaron comités, caminaron barrios, defendieron candidaturas y soportaron derrotas cuando pertenecer al PLD no significaba tener un empleo público ni acercarse al presupuesto nacional. Esa gente también construyó el partido. Por eso nadie tenía derecho a comportarse como propietario de aquello. Ni siquiera quien ocupara la Presidencia de la República.

Y entonces llegamos al episodio que resume como pocos la degradación: de Juan Bosch a Gonzalo Castillo. No empleo esa comparación para negar el derecho de Castillo a participar en política ni para convertir una diferencia política en un ataque personal. La utilizo porque representa una pregunta que el PLD todavía debería hacerse: ¿qué ocurrió con aquella obsesión por la formación política, la preparación ideológica y la construcción de cuadros que distinguía al partido de Bosch? El propio PLD sigue proclamando que el boschismo constituye su teoría oficial y continúa hablando de formación, ética y disciplina como fundamentos de su identidad. Entonces resulta inevitable confrontar ese discurso con las decisiones políticas que ha tomado la organización.

Gonzalo Castillo fue proclamado candidato presidencial del PLD para las elecciones de 2020. Ese es un hecho, no una interpretación. Y también es un hecho el resultado: la candidatura del PLD y sus aliados obtuvo 1,537,078 votos, equivalentes al 37.46 %, mientras Luis Abinader y sus aliados alcanzaron 52.52 %. Después de años de dominio electoral, el PLD salió del Palacio Nacional. Naturalmente, ninguna derrota nacional puede explicarse seriamente por una sola persona ni por una sola causa; pero tampoco puede analizarse 2020 ignorando la fractura interna que había sufrido el partido y las decisiones que precedieron aquella candidatura.

Por eso me resulta extraordinario que todavía haya quienes pretendan presentar a Gonzalo Castillo como la gran alternativa para rescatar al PLD. ¿Rescatarlo hacia dónde? Esa es la discusión que deberían responder quienes defienden semejante tesis. Porque un partido que nació proclamando la formación política como requisito, que convirtió los círculos de estudios en instrumento de construcción de cuadros y que todavía define el boschismo como su teoría oficial no puede limitar su discusión sobre el futuro a determinar quién dispone de recursos, simpatías internas o capacidad para aglutinar determinados sectores. Si el PLD renuncia definitivamente a preguntarse qué representa, para qué existe y qué queda realmente de Bosch dentro de él, entonces su problema será mucho más grave que perder unas elecciones.

Y Danilo Medina no puede ser borrado de esa discusión. Fue presidente de la República durante ocho años y figura central del PLD durante el período en que aquellas contradicciones estallaron. Podrá alegarse —con razón— que otros dirigentes tienen su cuota de responsabilidad y que la historia de una organización compleja jamás puede reducirse a la voluntad de un solo individuo. Pero eso tampoco convierte a Medina en un espectador inocente de una tragedia que ocurrió delante de sus ojos y durante su liderazgo. Mi juicio es mucho más severo: considero que permitió que el ego, el control y la lucha interna pesaran más que la obligación de preservar la obra política que su generación recibió.

Juan Bosch no necesitó destruir el PLD para demostrar que era Juan Bosch. Tampoco necesitó permanecer eternamente dirigiéndolo. Construyó una organización precisamente para que pudiera existir más allá de él. Esa es quizás la comparación más incómoda para Danilo Medina: el fundador entendió que algún día tendría que irse; algunos de sus herederos parecen no haber entendido nunca que el partido no les pertenecía.

Por eso el problema no consiste solamente en que el PLD perdiera unas elecciones. Los partidos ganan y pierden; eso forma parte de la democracia. El verdadero desastre consiste en haber degradado una institución política hasta el punto de que hoy pueda discutirse su futuro sin que la pregunta principal sea qué queda de la organización concebida por Bosch. Una derrota electoral puede corregirse en cuatro años. Recuperar identidad, credibilidad, mística y sentido histórico puede tomar una generación. Y algunas veces no se recuperan jamás.

De Juan Bosch a Gonzalo Castillo. 
Ahí cabe medio siglo de historia peledeísta y, también, la dimensión de su decadencia. Uno construyó una organización pensando que debía sobrevivir a los hombres; décadas después, otros terminaron comportándose como si los hombres fueran más importantes que la organización. Para mí, esa es la herencia política más amarga de Danilo Medina dentro del PLD: haber recibido una obra que no construyó solo, haber alcanzado gracias a ella la cima del poder y haber contribuido a entregarla profundamente fracturada. El PLD podrá algún día reconstruirse. Lo que difícilmente podrá hacer es fingir que nada ocurrió.

Y cuando llegue el momento de escribir desapasionadamente la historia de esta etapa, habrá una pregunta de la que Danilo Medina no podrá escapar: ¿cómo una organización construida por Juan Bosch para trascender a sus dirigentes terminó sacrificando tanto de sí misma en las luchas de sus propios dirigentes?

Esa pregunta no la responde un discurso. La responde la historia.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 

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