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viernes, 18 de septiembre de 2026

El papel disfuncional de las Naciones Unidas

Hay instituciones cuya importancia se mide por lo que pueden hacer y otras cuya grandeza termina midiĆ©ndose por la solemnidad de sus salones, la cantidad de discursos pronunciados y el nĆŗmero de resoluciones que nadie estĆ” obligado a cumplir. Naciones Unidas corre desde hace tiempo el riesgo de pertenecer demasiado a la segunda categorĆ­a. Fue creada para reunir a los Estados, administrar diferencias, preservar la paz y ofrecer un espacio donde hasta los enemigos pudieran sentarse frente a frente. Ochenta aƱos despuĆ©s, conviene hacerse una pregunta bastante menos diplomĆ”tica: ¿de quĆ© sirve reunir a casi todo el planeta para votar si, en demasiadas ocasiones, ganar una votación no significa tener capacidad alguna para convertir esa decisión en realidad?

Cuba ofrece uno de los ejemplos mĆ”s grotescos. AƱo tras aƱo, la Asamblea General ha pedido el fin del embargo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos. En la votación del 29 de octubre de 2025 fueron 165 paĆ­ses a favor de ponerle fin, siete en contra y doce abstenciones. La resolución fue aprobada, naturalmente. ¿Y quĆ© ocurrió al dĆ­a siguiente? Lo de siempre: el embargo continuó. No porque siete votos valieran matemĆ”ticamente mĆ”s que 165, sino porque la Asamblea General puede expresar una voluntad polĆ­tica abrumadora, pero esa voluntad no tiene por sĆ­ sola capacidad para derogar las leyes estadounidenses que sostienen el embargo. MagnĆ­fico ejercicio democrĆ”tico: se cuentan los votos, se anuncia el resultado, se archiva el documento y la realidad continĆŗa exactamente donde estaba.

Conviene hacer una precisión para no convertir la crítica en caricatura. Estados Unidos no tiene un supervoto en la Asamblea General. Allí posee uno, igual que República Dominicana, Cuba o cualquier otro miembro. El privilegio formal aparece con toda crudeza en el Consejo de Seguridad, donde Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido pueden vetar decisiones sustantivas. El problema de la Asamblea es diferente y quizÔ mÔs frustrante: puede producir mayorías enormes sin disponer siempre del instrumento jurídico para imponer lo decidido. Es decir, podemos reunir al mundo entero para saber qué piensa y después descubrir que saber qué piensa el mundo no necesariamente cambia nada.

Pero la contradicción adquiere dimensiones todavía mÔs absurdas cuando llegamos a la propia sede de Naciones Unidas. El organismo que pretende representar a la comunidad internacional tiene su principal casa en Nueva York y, para llegar a esa casa, representantes de otros países deben atravesar primero la frontera de Estados Unidos. Washington asumió obligaciones especiales mediante el Acuerdo de Sede de 1947 precisamente para que sus diferencias políticas con determinados gobiernos no impidieran el funcionamiento de la organización. Sin embargo, la historia demuestra que esa garantía no ha eliminado el problema. En 1988, Estados Unidos negó el visado a Yasser Arafat cuando pretendía participar en la Asamblea General. La propia Asamblea consideró que aquella decisión violaba las obligaciones internacionales estadounidenses derivadas del Acuerdo de Sede. Washington mantuvo su decisión y la Asamblea terminó reuniéndose en Ginebra para poder escucharlo.

Treinta y ocho años después seguimos jugando prÔcticamente con la misma avería. Este septiembre de 2026, Estados Unidos volvió a negar el visado al presidente palestino Mahmoud Abbas y a otros funcionarios palestinos para participar presencialmente en las actividades de Naciones Unidas. La Asamblea General respondió autorizando nuevamente su participación mediante video: 152 votos a favor, tres en contra y cuatro abstenciones. La tecnología resolvió el inconveniente prÔctico, pero no la contradicción política: un organismo internacional reúne a sus miembros en un edificio al cual determinadas delegaciones no pueden llegar físicamente porque el Estado donde estÔ ubicado el edificio decide que no entran.

Y ahora tenemos la otra cara de la misma moneda. Estados Unidos acaba de autorizar la entrada del presidente iraní Masoud Pezeshkian y del canciller Abbas Araqchi para asistir a la Asamblea General de 2026, aunque imponiéndoles restricciones de desplazamiento y otras limitaciones. Lo revelador es la explicación estadounidense: Washington reconoce que actúa conforme a sus obligaciones como país anfitrión. Exactamente. No debería tratarse de hacerle un favor a IrÔn, Palestina, Cuba, Venezuela ni a nadie. El acceso de las delegaciones a la organización internacional no debería depender de simpatías políticas, enemistades ideológicas ni de quién ocupe la Casa Blanca.

La historia ofrece contrastes casi cómicos. Fidel Castro pudo llegar a Nueva York en 1960 y pronunciar ante la Asamblea General un discurso de 269 minutos, todavía registrado por Naciones Unidas como el mÔs largo pronunciado allí. También volvió a intervenir ante la Asamblea en 1979. Décadas después hemos llegado al punto de discutir si determinados dirigentes pueden siquiera atravesar la frontera estadounidense para dirigirse al mismo organismo.

El caso venezolano demuestra ademĆ”s hasta quĆ© punto resulta delicado colocar la sede mundial dentro de la jurisdicción territorial de una potencia que mantiene conflictos con otros Estados. NicolĆ”s Maduro sĆ­ estuvo en Nueva York y participó en Naciones Unidas; por tanto, serĆ­a falso afirmar que Estados Unidos simplemente le prohibió asistir. Pero posteriormente Washington presentó cargos penales contra Ć©l y, en agosto de 2025, elevó a 50 millones de dólares la recompensa por información que condujera a su arresto. Independientemente de la valoración polĆ­tica que cada cual haga de Maduro, la situación expone una pregunta institucional incómoda: ¿es razonable que un dirigente de un Estado que pretende participar en el principal foro internacional tenga que hacerlo dentro del territorio de otro Estado que busca su detención?

Entonces aparece una pregunta que parece disparatada solamente porque llevamos ocho dĆ©cadas acostumbrados a lo contrario: ¿por quĆ© Naciones Unidas tiene que depender territorialmente de Estados Unidos? ¿Por quĆ© no puede poseer un territorio internacional propio? LlĆ”mese isla, enclave, territorio internacional o, si se quiere, un pedazo de piedra suficientemente grande para levantar edificios, viviendas diplomĆ”ticas, un puerto y un aeropuerto. No estoy hablando de colocar la sede en otro paĆ­s y cambiar una dependencia por otra. Estoy hablando de un territorio adquirido y financiado colectivamente por los Estados miembros, sometido a un estatuto internacional y administrado jurĆ­dicamente por la propia ONU, donde ninguna capital nacional tenga autoridad unilateral para decidir quĆ© representante entra y cuĆ”l se queda mirando la Asamblea por televisión.

No tendría que convertirse Naciones Unidas en un país ni pedir admisión como miembro de sí misma, disparate burocrÔtico que solamente serviría para añadir otra bandera al salón. Se trataría de crear un territorio internacional bajo administración de la organización, con reglas de acceso, seguridad, jurisdicción, inmunidades, trÔnsito, puerto y aeropuerto definidas colectivamente. Los representantes autorizados para participar entrarían bajo las normas de Naciones Unidas y no tendrían que solicitar primero la bendición migratoria del Departamento de Estado estadounidense, ni de ningún otro gobierno anfitrión. Naturalmente, semejante proyecto exigiría tratados, financiación, acuerdos sobre espacio aéreo y marítimo, seguridad y un complejo entramado jurídico. Nadie ha dicho que sea sencillo. Lo absurdo es aceptar que, porque resolver una contradicción resulta complicado, debemos conservarla eternamente.

Cambiar la sede, sin embargo, tampoco curaría la enfermedad completa. La ONU fue diseñada desde su nacimiento con una desigualdad institucional deliberada. Cinco Estados tienen asiento permanente y derecho de veto en el Consejo de Seguridad. No importa si el que veta es Estados Unidos, Rusia, China, Francia o Reino Unido: el problema institucional es exactamente el mismo. Una organización construida sobre el principio de igualdad soberana de sus miembros contiene simultÔneamente un órgano fundamental donde cinco de esos miembros poseen una facultad que los demÔs no tienen. Eso no es un accidente administrativo; forma parte del diseño original.

Por eso el problema de Naciones Unidas no consiste en que absolutamente todo lo que hace sea inútil. Sería intelectualmente cómodo decirlo, pero sería falso. Sus agencias humanitarias, sanitarias, alimentarias, técnicas y de cooperación realizan trabajos indispensables en buena parte del planeta. El problema estÔ en otra parte: en su incapacidad política para convertir muchas decisiones colectivas en consecuencias cuando esas decisiones chocan con los intereses o la soberanía de las grandes potencias. Ahí aparece la ONU de los discursos contundentes, las resoluciones históricas, las fotografías solemnes y los resultados que demasiadas veces terminan siendo bastante menos históricos que el comunicado de prensa.

QuizÔs haya llegado el momento de dejar de preguntar únicamente cuÔntos países votaron a favor y comenzar a preguntar qué ocurre después de contar los votos. Porque si 165 Estados pueden aprobar una resolución contra el embargo a Cuba y el embargo continúa; si una delegación necesita conectarse por video porque el país anfitrión no le permite llegar físicamente a la sede; y si reformar profundamente el sistema exige enfrentarse precisamente a los privilegios de quienes concentran mayor poder dentro de él, entonces el problema no estÔ en la aritmética. Los números funcionan perfectamente.

Lo que funciona bastante peor es el poder que esos nĆŗmeros representan.

Y mientras esa contradicción permanezca intacta, Naciones Unidas seguirÔ siendo imprescindible para muchas cosas y dolorosamente disfuncional para otras. Esa es quizÔ su mayor ironía: fue creada para que los Estados resolvieran juntos los grandes problemas del mundo, pero cuando alguno de esos problemas toca directamente los intereses de quienes tienen mayor capacidad de imponer su voluntad, descubrimos que reunir al mundo entero en un mismo salón no significa necesariamente que el mundo reunido pueda decidir.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 

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