Cuba ofrece uno de los ejemplos mĆ”s grotescos. AƱo tras aƱo, la Asamblea General ha pedido el fin del embargo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos. En la votación del 29 de octubre de 2025 fueron 165 paĆses a favor de ponerle fin, siete en contra y doce abstenciones. La resolución fue aprobada, naturalmente. ¿Y quĆ© ocurrió al dĆa siguiente? Lo de siempre: el embargo continuó. No porque siete votos valieran matemĆ”ticamente mĆ”s que 165, sino porque la Asamblea General puede expresar una voluntad polĆtica abrumadora, pero esa voluntad no tiene por sĆ sola capacidad para derogar las leyes estadounidenses que sostienen el embargo. MagnĆfico ejercicio democrĆ”tico: se cuentan los votos, se anuncia el resultado, se archiva el documento y la realidad continĆŗa exactamente donde estaba.
Conviene hacer una precisión para no convertir la crĆtica en caricatura. Estados Unidos no tiene un supervoto en la Asamblea General. AllĆ posee uno, igual que RepĆŗblica Dominicana, Cuba o cualquier otro miembro. El privilegio formal aparece con toda crudeza en el Consejo de Seguridad, donde Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido pueden vetar decisiones sustantivas. El problema de la Asamblea es diferente y quizĆ” mĆ”s frustrante: puede producir mayorĆas enormes sin disponer siempre del instrumento jurĆdico para imponer lo decidido. Es decir, podemos reunir al mundo entero para saber quĆ© piensa y despuĆ©s descubrir que saber quĆ© piensa el mundo no necesariamente cambia nada.
Pero la contradicción adquiere dimensiones todavĆa mĆ”s absurdas cuando llegamos a la propia sede de Naciones Unidas. El organismo que pretende representar a la comunidad internacional tiene su principal casa en Nueva York y, para llegar a esa casa, representantes de otros paĆses deben atravesar primero la frontera de Estados Unidos. Washington asumió obligaciones especiales mediante el Acuerdo de Sede de 1947 precisamente para que sus diferencias polĆticas con determinados gobiernos no impidieran el funcionamiento de la organización. Sin embargo, la historia demuestra que esa garantĆa no ha eliminado el problema. En 1988, Estados Unidos negó el visado a Yasser Arafat cuando pretendĆa participar en la Asamblea General. La propia Asamblea consideró que aquella decisión violaba las obligaciones internacionales estadounidenses derivadas del Acuerdo de Sede. Washington mantuvo su decisión y la Asamblea terminó reuniĆ©ndose en Ginebra para poder escucharlo.
Treinta y ocho aƱos despuĆ©s seguimos jugando prĆ”cticamente con la misma averĆa. Este septiembre de 2026, Estados Unidos volvió a negar el visado al presidente palestino Mahmoud Abbas y a otros funcionarios palestinos para participar presencialmente en las actividades de Naciones Unidas. La Asamblea General respondió autorizando nuevamente su participación mediante video: 152 votos a favor, tres en contra y cuatro abstenciones. La tecnologĆa resolvió el inconveniente prĆ”ctico, pero no la contradicción polĆtica: un organismo internacional reĆŗne a sus miembros en un edificio al cual determinadas delegaciones no pueden llegar fĆsicamente porque el Estado donde estĆ” ubicado el edificio decide que no entran.
Y ahora tenemos la otra cara de la misma moneda. Estados Unidos acaba de autorizar la entrada del presidente iranĆ Masoud Pezeshkian y del canciller Abbas Araqchi para asistir a la Asamblea General de 2026, aunque imponiĆ©ndoles restricciones de desplazamiento y otras limitaciones. Lo revelador es la explicación estadounidense: Washington reconoce que actĆŗa conforme a sus obligaciones como paĆs anfitrión. Exactamente. No deberĆa tratarse de hacerle un favor a IrĆ”n, Palestina, Cuba, Venezuela ni a nadie. El acceso de las delegaciones a la organización internacional no deberĆa depender de simpatĆas polĆticas, enemistades ideológicas ni de quiĆ©n ocupe la Casa Blanca.
La historia ofrece contrastes casi cómicos. Fidel Castro pudo llegar a Nueva York en 1960 y pronunciar ante la Asamblea General un discurso de 269 minutos, todavĆa registrado por Naciones Unidas como el mĆ”s largo pronunciado allĆ. TambiĆ©n volvió a intervenir ante la Asamblea en 1979. DĆ©cadas despuĆ©s hemos llegado al punto de discutir si determinados dirigentes pueden siquiera atravesar la frontera estadounidense para dirigirse al mismo organismo.
El caso venezolano demuestra ademĆ”s hasta quĆ© punto resulta delicado colocar la sede mundial dentro de la jurisdicción territorial de una potencia que mantiene conflictos con otros Estados. NicolĆ”s Maduro sĆ estuvo en Nueva York y participó en Naciones Unidas; por tanto, serĆa falso afirmar que Estados Unidos simplemente le prohibió asistir. Pero posteriormente Washington presentó cargos penales contra Ć©l y, en agosto de 2025, elevó a 50 millones de dólares la recompensa por información que condujera a su arresto. Independientemente de la valoración polĆtica que cada cual haga de Maduro, la situación expone una pregunta institucional incómoda: ¿es razonable que un dirigente de un Estado que pretende participar en el principal foro internacional tenga que hacerlo dentro del territorio de otro Estado que busca su detención?
Entonces aparece una pregunta que parece disparatada solamente porque llevamos ocho dĆ©cadas acostumbrados a lo contrario: ¿por quĆ© Naciones Unidas tiene que depender territorialmente de Estados Unidos? ¿Por quĆ© no puede poseer un territorio internacional propio? LlĆ”mese isla, enclave, territorio internacional o, si se quiere, un pedazo de piedra suficientemente grande para levantar edificios, viviendas diplomĆ”ticas, un puerto y un aeropuerto. No estoy hablando de colocar la sede en otro paĆs y cambiar una dependencia por otra. Estoy hablando de un territorio adquirido y financiado colectivamente por los Estados miembros, sometido a un estatuto internacional y administrado jurĆdicamente por la propia ONU, donde ninguna capital nacional tenga autoridad unilateral para decidir quĆ© representante entra y cuĆ”l se queda mirando la Asamblea por televisión.
No tendrĆa que convertirse Naciones Unidas en un paĆs ni pedir admisión como miembro de sĆ misma, disparate burocrĆ”tico que solamente servirĆa para aƱadir otra bandera al salón. Se tratarĆa de crear un territorio internacional bajo administración de la organización, con reglas de acceso, seguridad, jurisdicción, inmunidades, trĆ”nsito, puerto y aeropuerto definidas colectivamente. Los representantes autorizados para participar entrarĆan bajo las normas de Naciones Unidas y no tendrĆan que solicitar primero la bendición migratoria del Departamento de Estado estadounidense, ni de ningĆŗn otro gobierno anfitrión. Naturalmente, semejante proyecto exigirĆa tratados, financiación, acuerdos sobre espacio aĆ©reo y marĆtimo, seguridad y un complejo entramado jurĆdico. Nadie ha dicho que sea sencillo. Lo absurdo es aceptar que, porque resolver una contradicción resulta complicado, debemos conservarla eternamente.
Cambiar la sede, sin embargo, tampoco curarĆa la enfermedad completa. La ONU fue diseƱada desde su nacimiento con una desigualdad institucional deliberada. Cinco Estados tienen asiento permanente y derecho de veto en el Consejo de Seguridad. No importa si el que veta es Estados Unidos, Rusia, China, Francia o Reino Unido: el problema institucional es exactamente el mismo. Una organización construida sobre el principio de igualdad soberana de sus miembros contiene simultĆ”neamente un órgano fundamental donde cinco de esos miembros poseen una facultad que los demĆ”s no tienen. Eso no es un accidente administrativo; forma parte del diseƱo original.
Por eso el problema de Naciones Unidas no consiste en que absolutamente todo lo que hace sea inĆŗtil. SerĆa intelectualmente cómodo decirlo, pero serĆa falso. Sus agencias humanitarias, sanitarias, alimentarias, tĆ©cnicas y de cooperación realizan trabajos indispensables en buena parte del planeta. El problema estĆ” en otra parte: en su incapacidad polĆtica para convertir muchas decisiones colectivas en consecuencias cuando esas decisiones chocan con los intereses o la soberanĆa de las grandes potencias. AhĆ aparece la ONU de los discursos contundentes, las resoluciones históricas, las fotografĆas solemnes y los resultados que demasiadas veces terminan siendo bastante menos históricos que el comunicado de prensa.
QuizĆ”s haya llegado el momento de dejar de preguntar Ćŗnicamente cuĆ”ntos paĆses votaron a favor y comenzar a preguntar quĆ© ocurre despuĆ©s de contar los votos. Porque si 165 Estados pueden aprobar una resolución contra el embargo a Cuba y el embargo continĆŗa; si una delegación necesita conectarse por video porque el paĆs anfitrión no le permite llegar fĆsicamente a la sede; y si reformar profundamente el sistema exige enfrentarse precisamente a los privilegios de quienes concentran mayor poder dentro de Ć©l, entonces el problema no estĆ” en la aritmĆ©tica. Los nĆŗmeros funcionan perfectamente.
Lo que funciona bastante peor es el poder que esos nĆŗmeros representan.
Y mientras esa contradicción permanezca intacta, Naciones Unidas seguirĆ” siendo imprescindible para muchas cosas y dolorosamente disfuncional para otras. Esa es quizĆ” su mayor ironĆa: fue creada para que los Estados resolvieran juntos los grandes problemas del mundo, pero cuando alguno de esos problemas toca directamente los intereses de quienes tienen mayor capacidad de imponer su voluntad, descubrimos que reunir al mundo entero en un mismo salón no significa necesariamente que el mundo reunido pueda decidir.
Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com


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