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miércoles, 7 de octubre de 2026

¿Hemos dejado solos a nuestros hijos?

¿Hemos dejado solos a nuestros hijos? La pregunta puede resultar incómoda, pero quizás hace tiempo debimos formularla. Algo grave nos está pasando como sociedad cuando comenzamos a considerar normal que nuestros hijos menores de edad vivan con libertades de adultos mientras nosotros, los adultos, vamos renunciando poco a poco a la obligación de supervisarlos. Hemos confundido confianza con ausencia de control, privacidad con indiferencia y modernidad con una permisividad que está dejando a demasiados adolescentes prácticamente solos frente a un mundo para el cual todavía no poseen la madurez necesaria.

Preguntar dónde está un hijo, con quién anda, a qué hora regresa, dónde dormirá, quiénes son sus amigos o con quién se comunica no es una intromisión abusiva en su vida. Es ejercer la responsabilidad de ser padre. Sin embargo, hemos ido abandonando esa función hasta llegar a extremos preocupantes: menores que salen de sus casas y regresan cuando quieren, adolescentes que pasan noches fuera del hogar, padres que desconocen con quién se relacionan sus hijos y teléfonos celulares que saben mucho más de la vida de nuestros muchachos que nosotros mismos.

Nos hemos dejado convencer de que poner límites es cosa del pasado. Queremos ser padres modernos, comprensivos, tolerantes y respetuosos de la independencia de nuestros hijos, lo cual sería magnífico si no hubiésemos confundido todas esas virtudes con dejar de ejercer autoridad. Un adolescente necesita confianza, espacio y capacidad para desarrollar su personalidad, pero también necesita límites. Y mientras sea menor de edad, alguien tiene que asumir la incómoda responsabilidad de decirle no.

La tragedia de Yosnely Álvarez nos coloca inevitablemente frente a esa discusión, pero debemos hacerlo con cuidado para no cometer una segunda injusticia: convertir a una adolescente en responsable de la violencia ejercida contra ella. Yosnely tenía 14 años. Otra adolescente de 16 sobrevivió herida. Las circunstancias investigadas por las autoridades las colocaron aquella madrugada frente a un hombre adulto de 29 años que posteriormente reconoció haberlas atacado con un cuchillo. Nada de lo que aquellas menores hubieran decidido hacer justifica semejante violencia. Esa responsabilidad corresponde a quien cometió la agresión y será la justicia la encargada de establecer definitivamente los hechos y sus consecuencias.

Pero reconocerlo no nos exonera de hacernos la pregunta que da origen a estas líneas: ¿hemos dejado solos a nuestros hijos?

Porque esto va mucho más allá de Yosnely, de Navarrete, de Santiago o de una familia determinada. Estamos hablando de una generación de menores a quienes en demasiadas ocasiones hemos entregado autonomía antes de entregarles las herramientas necesarias para manejarla. Muchachos de trece, catorce, quince y dieciséis años tomando decisiones propias de adultos, moviéndose sin suficiente supervisión, estableciendo relaciones con desconocidos y exponiéndose a situaciones cuyo peligro muchas veces solo comprenden cuando ya están dentro de ellas.

Un adolescente puede sentirse adulto. Puede reclamar independencia, molestarse cuando le preguntamos dónde está y considerar insoportable que le establezcan una hora para regresar a casa. Eso forma parte de crecer. Lo que no puede ocurrir es que los padres terminemos creyendo también que ya es adulto. Para eso precisamente existe nuestra responsabilidad: para ver el peligro que ellos todavía no pueden identificar, anticipar consecuencias que quizás no alcanzan a dimensionar y establecer límites que probablemente hoy rechacen, pero que mañana podrían agradecer.

Y hay algo todavía más perturbador en el caso de Yosnely. El hombre detenido reconoció públicamente haber utilizado un cuchillo contra las dos adolescentes. Cuando fue cuestionado sobre el arma utilizada respondió escuetamente: “Un cuchillo”. Al referirse a Yosnely sostuvo que ella se había lanzado al río. Las autoridades deberán reconstruir cada circunstancia y confrontar su relato con los demás elementos de la investigación, incluida la denuncia de la adolescente sobreviviente. Pero resulta inevitable estremecerse ante la naturalidad con la que puede llegar a narrarse un episodio de semejante violencia.

Ahí aparece otra señal de nuestra decadencia. Nos estamos acostumbrando demasiado a la brutalidad. Una muerte nos conmociona durante unos días; un video circula por las redes; aparecen fotografías, comentarios, acusaciones y morbo; después llega otra tragedia y sustituye a la anterior. El sufrimiento humano termina convertido en contenido de consumo rápido mientras pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué estamos haciendo para evitar que la historia vuelva a repetirse.

No basta con exigir justicia cuando ya aparece un cadáver. La protección comienza mucho antes de la Policía, del Ministerio Público, de una ambulancia o de una búsqueda desesperada. Comienza dentro de la casa: hablando con nuestros hijos, conociendo sus amistades, observando cambios de conducta, estableciendo horarios, preguntando dónde estarán y enseñándoles a reconocer situaciones de peligro. Comienza creando suficiente confianza para que, si alguna vez se encuentran en problemas, su primera reacción sea llamarnos y no ocultarse por miedo al castigo.

También debemos aceptar una realidad incómoda: criar exige incomodar. Habrá momentos en que nuestros hijos nos considerarán anticuados, exagerados, molestosos y hasta insoportables. Habrá puertas cerradas con rabia y discusiones porque negamos un permiso. Eso viene incluido en la responsabilidad de educar. Ser padre no consiste en ganar permanentemente la simpatía de un hijo, sino en protegerlo incluso cuando todavía no posee la madurez suficiente para comprender por qué lo estamos haciendo.

No podemos entregarles un teléfono con acceso ilimitado al mundo, permitirles libertades prácticamente absolutas, desconocer durante horas dónde se encuentran y tranquilizar nuestra conciencia diciendo que confiamos en ellos. Podemos confiar plenamente en nuestros hijos y desconfiar profundamente del mundo que los rodea. Una cosa no contradice la otra.

Tampoco se trata de encerrarlos, perseguirlos ni convertir el hogar en una prisión. Se trata de acompañarlos. Libertad no significa abandono; confianza no significa indiferencia; privacidad no significa ausencia de responsabilidad. Un menor necesita espacio para crecer, pero también la certeza de que existen adultos pendientes de él.

La tragedia de Yosnely no debe servir para juzgarla ni para colocar sobre una familia destrozada toda la responsabilidad de un deterioro que es mucho más amplio. Debe servirnos para observar aquello que hemos ido normalizando y preguntarnos hasta dónde estamos dispuestos a seguir cediendo nuestras obligaciones como adultos.

Quizás sí hemos dejado demasiado solos a nuestros hijos: solos frente a las redes, solos frente a desconocidos, solos frente a decisiones que todavía les quedan grandes y solos frente a peligros que nosotros conocemos precisamente porque ya recorrimos el camino que ellos apenas comienzan.

Por eso la pregunta con la que comenzamos no necesita una respuesta apresurada. Necesita algo más difícil: que cada padre, cada madre y cada adulto responsable mire hacia dentro de su propia casa antes de responderla.

¿Hemos dejado solos a nuestros hijos?

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 

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