Argentina, Chile, Bolivia, Honduras y Colombia ofrecen ejemplos de un desplazamiento polĂtico hacia la derecha, aunque con circunstancias y protagonistas diferentes. Javier Milei llegĂł al poder en Argentina proclamando la motosierra como sĂmbolo de su proyecto econĂłmico; JosĂ© Antonio Kast alcanzĂł la presidencia chilena desde una corriente conservadora asociada histĂłricamente con reivindicaciones del legado de Augusto Pinochet; Bolivia puso fin a casi dos dĂ©cadas de predominio del Movimiento al Socialismo, mientras Colombia eligiĂł a Abelardo de la Espriella, representante de una derecha nacionalista que ha convertido la seguridad y la confrontaciĂłn polĂtica en elementos centrales de su discurso.
Lo verdaderamente desconcertante no es que existan sectores acomodados que respalden proyectos favorables a la reducciĂłn del Estado y a la liberalizaciĂłn econĂłmica. Eso tiene una explicaciĂłn ideolĂłgica y material relativamente comprensible. Lo que merece mayor atenciĂłn es que trabajadores, desempleados y familias de escasos recursos puedan respaldar propuestas que amenazan servicios pĂşblicos, subsidios y mecanismos de protecciĂłn social de los cuales dependen. Naturalmente, no todos los electores de derecha pertenecen a esos sectores ni todos sus programas contemplan las mismas medidas. Pero la contradicciĂłn existe y merece examinarse sin complacencias.
La explicaciĂłn no puede reducirse a que los pobres desconocen sus propios intereses. SerĂa una conclusiĂłn tan cĂłmoda como equivocada. Las personas no votan Ăşnicamente con el bolsillo: tambiĂ©n votan movidas por el miedo, la inseguridad, las frustraciones acumuladas, sus convicciones religiosas, sus aspiraciones y el rechazo a quienes han gobernado. Una familia que teme salir de noche por la delincuencia puede terminar dando prioridad a un candidato que promete mano dura, incluso cuando sus propuestas econĂłmicas puedan perjudicarla. Y ahĂ aparece una de las mayores habilidades de la nueva derecha: transformar problemas reales en instrumentos de movilizaciĂłn emocional, presentando soluciones aparentemente sencillas para conflictos extraordinariamente complejos.
Pero serĂa intelectualmente deshonesto ignorar las responsabilidades del progresismo. La izquierda latinoamericana tambiĂ©n ha cometido errores, algunos verdaderamente graves. La corrupciĂłn, las disputas internas, el burocratismo, el personalismo y el distanciamiento de las necesidades cotidianas han contribuido al desgaste de proyectos que alguna vez despertaron enormes esperanzas. Haber ampliado el acceso a la educaciĂłn, la salud o la asistencia social no garantiza una fidelidad electoral permanente. Los derechos conquistados no son favores que obliguen a votar eternamente por un partido. Y cuando un gobierno progresista pierde la capacidad de escuchar, administrar eficientemente y corregir sus equivocaciones, abre espacios que sus adversarios saben aprovechar.
Sin embargo, tampoco podemos analizar este fenĂłmeno como si AmĂ©rica Latina decidiera su destino polĂtico completamente aislada de los grandes intereses internacionales. Washington continĂşa ejerciendo una influencia determinante sobre la regiĂłn mediante relaciones comerciales, asistencia financiera, sanciones, presiones diplomáticas y respaldos polĂticos selectivos. Bajo la administraciĂłn de Donald Trump, esa influencia ha adquirido expresiones particularmente explĂcitas. Honduras ofrece un ejemplo difĂcil de ignorar: Trump respaldĂł pĂşblicamente a Nasry Asfura y advirtiĂł que Estados Unidos podrĂa retirar su apoyo financiero si no ganaba. Paralelamente, indultĂł al expresidente Juan Orlando Hernández, del mismo Partido Nacional, quien habĂa sido condenado por la justicia federal estadounidense a 45 años de prisiĂłn por delitos relacionados con el narcotráfico y las armas.
El contraste resulta extraordinario: mientras se proclama una lucha implacable contra el narcotráfico, se concede un indulto a un expresidente condenado precisamente por participar en actividades vinculadas con ese delito. Y mientras se invoca el respeto a la democracia y a la soberanĂa de las naciones, se condiciona pĂşblicamente la cooperaciĂłn econĂłmica al resultado electoral deseado. No hace falta imaginar conspiraciones ni atribuir a una potencia el control absoluto de cada elecciĂłn para reconocer que semejantes actuaciones constituyen formas concretas de presiĂłn polĂtica. La soberanĂa popular pierde parte de su sentido cuando el elector debe considerar, además de sus necesidades nacionales, las posibles represalias de un gobierno extranjero.
A este panorama se suma otro fenĂłmeno preocupante: la creciente aceptaciĂłn de estilos de gobierno que confunden autoridad con exhibiciĂłn de fuerza. La seguridad ciudadana constituye una obligaciĂłn fundamental del Estado, pero gobernar no puede reducirse a escenificar persecuciones policiales, exhibir armas o presentar las garantĂas constitucionales como obstáculos para imponer el orden. Un presidente debe dirigir las instituciones responsables de combatir la delincuencia, no convertir sus funciones en un espectáculo personal. Cuando el miedo se transforma en la principal herramienta de legitimaciĂłn polĂtica, las sociedades pueden terminar aceptando restricciones que jamás habrĂan tolerado en circunstancias normales.
TambiĂ©n debemos reconocer que la derecha no constituye un bloque uniforme. Existen diferencias entre conservadores democráticos, liberales econĂłmicos y movimientos de extrema derecha. Confundirlos impedirĂa comprender por quĂ© obtienen apoyos tan diversos. El problema que aquĂ nos ocupa aparece especialmente cuando se utilizan las frustraciones populares para impulsar proyectos que concentran poder, debilitan los controles institucionales o subordinan los derechos sociales a una lĂłgica exclusivamente econĂłmica.
La gran ironĂa es que buena parte de esos dirigentes alcanza el poder presentándose como enemiga de los privilegios, aunque sus polĂticas puedan terminar favoreciendo a sectores econĂłmicamente poderosos. Se denuncia a una supuesta casta, se promete acabar con los abusos y se ofrece devolverle el poder al ciudadano comĂşn. Pero una vez instalados en el gobierno, corresponde examinar quiĂ©n soporta los sacrificios, quiĂ©n recibe los beneficios y quĂ© ocurre con los servicios pĂşblicos. Porque una cosa es combatir el despilfarro estatal y otra muy distinta convertir a los sectores vulnerables en los principales responsables de pagar las consecuencias de una crisis que no provocaron.
América Latina necesita una reflexión mucho más profunda que la simple celebración de victorias electorales o la descalificación de quienes votan de manera diferente. La izquierda debe revisar sus errores, recuperar su conexión con las necesidades populares y demostrar que la justicia social también exige eficiencia, transparencia y respeto a las libertades. Pero las sociedades deben aprender igualmente a distinguir entre una promesa de transformación y un proyecto que utiliza su descontento para justificar retrocesos.
La democracia permite elegir libremente a los gobernantes, pero no garantiza que todas las decisiones electorales protejan los intereses de quienes las toman. Ese es uno de sus desafĂos más complejos. Y cuando un pueblo, agotado por sus frustraciones, termina respaldando a quien anuncia que recortará sus derechos, la pregunta deja de ser Ăşnicamente por quĂ© ganĂł determinado candidato. La cuestiĂłn verdaderamente inquietante es cĂłmo hemos llegado al punto en que una parte de la poblaciĂłn puede confundir la promesa de su propio sacrificio con la esperanza de un futuro mejor.
Por: Bienvenido Checo;-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com


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