❝Enfoque❞》》》
A días de las elecciones presidenciales, Colombia se debate entre dos extremos que dejan en el centro un vacío preocupante. De un lado, Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, considerado por varios analistas más dogmático que el propio Petro. Del otro, Abelardo de la Espriella, un abogado penalista millonario, sin experiencia política alguna, que se presenta con chaleco antibalas, viaja tras un cristal blindado y proclama abiertamente su admiración por Trump, Bukele y Milei.
Cepeda promete profundizar las reformas del actual gobierno: continuar la llamada “paz total”, acelerar la reforma agraria y completar la transición energética. Su programa lleva un nombre significativo: tres revoluciones, ética, económica y política. Representa una izquierda que sigue viendo en el Estado el principal instrumento de transformación social.
De la Espriella, en la otra esquina, propone construir diez megacárceles, reducir el Estado en un 40 %, suspender todo diálogo con grupos armados y fortalecer una alianza estratégica con Estados Unidos e Israel. Vive parte del año en Florencia, presume una mansión en Miami y una villa en la Toscana. Se autoproclama “El Tigre”. Su carrera política comenzó hace menos de dos años.
Ninguna democracia prospera cuando las opciones terminan reducidas a escoger entre proyectos cada vez más ideologizados o apuestas construidas alrededor de la personalidad de un candidato. Sin instituciones sólidas, crecimiento económico y reglas estables, los países suelen descubrir que los extremos prometen mucho más de lo que pueden cumplir.
El fenómeno tiene un nombre: péndulo. Y no es exclusivamente colombiano. Es la versión latinoamericana de una tendencia que recorre buena parte de Occidente. El descrédito de la política tradicional ha vaciado el centro y empujado a los electores hacia los extremos. Ser político profesional ya no es una credencial. Para muchos se ha convertido en un defecto.
Lo paradójico es que ese rechazo no surge de la nada. La clase política tradicional también es responsable de buena parte de la desconfianza que hoy enfrenta. Décadas de corrupción, clientelismo, promesas incumplidas y desconexión con las preocupaciones ciudadanas erosionaron la legitimidad de los partidos y alimentaron la búsqueda de alternativas disruptivas.
Pero una cosa es cuestionar a la clase política y otra muy distinta olvidar el papel que desempeñó en la construcción de la democracia colombiana. Conviene recordar lo que esa misma política tan despreciada le costó a Colombia.
Entre 1987 y 1995 fueron asesinados cinco candidatos presidenciales: Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro y Álvaro Gómez Hurtado. Tres de ellos cayeron en apenas ocho meses. Eran hombres profundamente distintos entre sí, unidos por una circunstancia común: decidieron hacer política en uno de los momentos más violentos de la historia colombiana.
A esa generación, con todas sus limitaciones, le debe Colombia la Constitución de 1991, la descentralización del Estado, la apertura económica y buena parte de los avances institucionales que han permitido preservar la democracia en medio de enormes desafíos. Fueron reformas imperfectas, discutibles en algunos aspectos, pero construidas dentro del marco democrático.
El problema del modelo outsider no es ideológico. Es institucional. Bukele había sido alcalde. Milei pasó por el Congreso. Trump dirigió durante décadas una compleja estructura empresarial. De la Espriella carece de cualquiera de esas referencias. Sin embargo, esa ausencia se presenta hoy como un mérito.
América Latina conoce bien esta dinámica. Cuando la confianza en las instituciones desaparece, el voto deja de evaluar capacidades y comienza a premiar emociones. El candidato más estridente desplaza al más competente. El péndulo se transforma en ley electoral. Y las instituciones que tomaron generaciones en construirse pueden deteriorarse mucho más rápido de lo que imaginamos.
Por eso el verdadero riesgo para Colombia no está únicamente en Cepeda ni únicamente en De la Espriella. Está en la pérdida de memoria. Está en olvidar cuánto costó construir las instituciones democráticas y cuánto sacrificio demandó sustituir la violencia por las urnas.
La política es imperfecta porque es humana. Pero los países que olvidan el precio que pagaron por su democracia suelen terminar pagando uno mucho mayor por recuperarla.
Por: Andrés Vander Horst;-
@andresvander
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