Proteger a nuestros menores, arrebatarlos de las garras del debut delictivo, es la batalla decisiva que debemos librar hoy.
Acierta el Gobierno al incluir este flagelo entre sus líneas prioritarias de seguridad ciudadana.
Y acierta, sobre todo, la ministra Faride Raful al señalar con crudeza el corazón del mal: el microtráfico de drogas es “el motor de la delincuencia barrial”.
Ese motor no solo mueve ventas ilegales sino que incuba, en la sangre joven, los gérmenes de pandillas, potencia atracos y siembra la semilla del sicariato infantil.
Lo hemos documentado, lo hemos denunciado en reportajes y editoriales en las últimas semanas.
Pero las palabras, los diagnósticos certeros, no bastan. Se necesita una acción tan contundente como el problema.
Un golpe directo y especializado para desmantelar las estructuras adultas que reclutan, arman y explotan a los niños. Ese cuerpo de elite es una deuda pendiente.
Paralelamente, la estrategia debe ser doble. Por un lado, mano firme contra el crimen organizado, y por el otro, mano extendida hacia los jóvenes en riesgo.
Urge una campaña masiva de educación, disuasión y acompañamiento que les ofrezca un camino distinto al de la calle.
Sabemos que la Procuraduría General afina una estrategia propia de protección, y que el Ministerio de Educación se sumara a esta, consciente de la vulnerabilidad de las escuelas.
Cada día que pasa, ese motor del crimen que ha descrito la ministra Raful envenena el futuro de nuestra niñez y adolescencia
Esperamos que los planes integrales se conviertan en operativos concretos, visibles y medibles. Nuestra prioridad más apremiante no es un discurso: es el rescate de una generación a punto de naufragio.
Tomado del editorial de
de la fecha ;-


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